Adiós, teta

“Tetita querida, tetita amorosa, tetita que mucha lechita me das…”

Esta es la canción que Olivia le canta a su tete, tetis, teta, tetita, tetota, tetucha… como la ha llamado durante más de cuatro años.

Cuatro años y dos semanas pegaditas. Muy pegaditas. Y de pronto, adiós a esa tetita que la alimentó, la sostuvo, la acompañó desde que llegó al mundo.

Digo «adiós», pero la verdad es otra: la decisión fue de Sebas —mi esposo— y mía. Olivia quería seguir. Yo sabía que el destete natural podía tardar hasta los seis años, y tal vez por eso dolió tanto, o tal vez no, todavía no sé bien qué parte del dolor viene de ahí y qué parte viene de otro lado.

Nos preparamos durante meses: hablamos, inventamos historias, hicimos una fiesta para despedir a la teta, y después llegaron los masajes, las caricias, los cuentos, las canciones, los arrullos antes de dormir. Pero ninguna preparación evita el dolor.

La primera noche, los sollozos de Olivia también se acostaron con nosotros. Fueron parte de la oscuridad.

Y ahí, la culpa. La de ser una mala madre. La de ser incoherente. La de haber cortado un proceso que debía seguir su propio curso —eso me decía a mí misma, aunque una parte de mí sospechaba que no era del todo cierto.

Vivimos un duelo esos días, nos abrazamos mucho y permanecimos juntas, pero entre nosotras había una ausencia. El lugar de algo enorme en nuestro vínculo.

Porque la teta nunca fue solo leche. Fue alimento, refugio, apego, sueño, consuelo. Regulación, muchísima regulación —esa palabra que ahora uso tanto y que en su momento no tenía nombre, solo era el instante de mirarnos a los ojos, acariciarnos las mejillas, sentirnos piel con piel.

También fue facilidad: el puente hacia el descanso en los días en que yo estaba agotada de sostener con presencia y necesitaba, simplemente, parar. La teta ocupó un lugar enorme en nuestra maternidad. Por eso decirle adiós dolió tanto.

Mientras escribo esto se me caen las lágrimas, otra vez.

Porque a pesar del cansancio, a pesar de las noches en que sentía que ya no podía más, sé que la lactancia fue uno de los regalos más hermosos que le di a mi pequeña. Que nos dimos.

Entonces, si nos gustaba tanto, ¿por qué la dejamos?

Una parte de mí sabe cuánto pesó la falta de sostén social. Porque una niña de más de cuatro años tomando teta todavía provoca murmullos, risas, miradas de sorpresa, opiniones que nadie pidió: «¿No crees que ya está muy grande?», «Eso le afecta a la cabeza», «Lo saludable es solo hasta los dos años». Aunque intentemos que no importe, pesa. Y a mí me empezó a pesar mucho.

Pero había una razón más honda: mi cansancio, físico y mental. Dar teta desde el agotamiento —a veces por amor, a veces porque creemos que es lo correcto— puede convertirse en exigencia cuando empieza a nacer del «debería».

Hoy puedo mirar nuestra historia y ver que el final de la lactancia no es el final de nuestra conexión. La teta fue uno de nuestros primeros lenguajes. No será el último.

Ya no hay teta. Hay brazos que abrazan, besos, canciones, masajes, arrullos, cuentos, caricias, miradas, presencia. Hay muchas formas nuevas de decirnos: «Aquí estoy. Te sostengo. Seguimos juntas» —aunque a veces, todavía, extraño la forma vieja de decirlo.

Gracias, tete, teta, tetita. Fue hermoso, amoroso y agotador. Todo eso puede ser verdad al mismo tiempo.

Gracias por cada gotita a favor de la vida. Gracias por alimentar, calmar, acompañar. Gracias por haber sido casa mientras Olivia aprendía a habitar el mundo.

Nuestra historia contigo terminó. Pero el amor que construimos a través de ti se queda. 🤍

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