Olivia está a semanas de cumplir cuatro años. Y desde hace algunos meses siento, muy lentamente, que mi postparto está llegando a su fin.
Es una sensación extraña, porque durante mucho tiempo pensé que el postparto era solo esos primeros meses después de parir. Pero hoy siento que, para mí, ha sido un proceso mucho más largo. Larguísimo diría yo.
Los primeros dos años fueron muy físicos. Toda mi energía estaba puesta en sostener nuestra diada. En responder a sus necesidades. En cuidar ese vínculo que recién estaba naciendo. Me sentía como una gata cuidando a sus crías, alerta todo el tiempo, guiada por el instinto y la necesidad de proteger, como si lo único verdaderamente importante fuera que ella estuviera bien.
Después vino algo distinto. El tercer año empezó a mover cosas que ya no tenían que ver solo con mi hija, sino conmigo.
Comencé a mirar mi historia con otros ojos. Mis heridas. Mis formas de amar. Mi niña interna. Mi ego. Los personajes que había construido para sobrevivir. Mi maternidad dejó de ser solo el acto de cuidar a una niña y empezó, también, a ser una oportunidad para maternarme un poco a mí.
Y creo que ese ha sido el regalo más grande que me dejó el postparto.
Porque en medio del cansancio, del desborde, de la fragilidad, de los miedos y de todas las emociones que conviven cuando una se convierte en madre, apareció el “no puedo más”. Necesitaba empezar terapia. Necesitaba conocerme de verdad. Entender de dónde venían muchas de mis reacciones, reconciliarme con partes de mí que había rechazado durante años y aprender a tratarme con la misma ternura con la que intentaba criar a mi hija.
Y ahora, desde hace unos meses, algo volvió a cambiar. Lo siento en el cuerpo.
Tengo ganas de moverme más, de crear, de volver a sentir curiosidad por cosas que durante mucho tiempo quedaron en pausa. Lo noto en la forma en que habito mis días, en las conversaciones que busco, en los proyectos que vuelven a entusiasmarme.
De a poco, llega a mi esa sensación de volver a abrirme al mundo sin sentir que eso significa dejar de estar presente para quienes amo. Es difícil explicarlo.
Solo siento que estoy respirando distinto. Y entonces llegan a mí preguntas como:
¿Y si el postparto fuera mucho más largo de lo que nos han contado?
¿Y si no terminara cuando nuestros hijos dejan de necesitarnos tanto físicamente, sino cuando nosotras empezamos a encontrarnos con esta nueva versión de quienes somos?
No tengo la respuesta. Solo sé que, casi cuatro años después, siento que estoy saliendo de un lugar al que entré el día en que me convertí en madre.
Y tal vez todo esto que vivimos también es parte de maternar. Reconocer que mientras nuestros hijos crecen, nosotras también lo hacemos.
¿Alguien más siente que sigue atravesando su posparto años después de haber parido?

