— La una es mi hija.
— La otra soy yo.
Entonces ahí está mi hija: con su intensidad, con su rabia, con su llanto, exigiendo lo que necesita ser satisfecho.
Y ahí estoy yo: sintiendo impaciencia, irritabilidad, cansancio, dolor. Sintiendo cómo algo dentro de mí se desborda, cómo mi propio sistema empieza a desregularse.
Ahora puedo verlo. Puedo darme cuenta de que muchas veces esto no tiene que ver realmente con mi hija. Tiene que ver conmigo.
O, más profundamente, con la niña que fui y que, en ese momento, vuelve a salir a la superficie.
La maternidad tiene la capacidad de tocarnos internamente. Suele suceder que, cuando nuestros hijos lloran, gritan o se enfurecen, además de poner a prueba nuestra paciencia. También se activa nuestra historia.
Nuestro sistema nervioso no responde únicamente a lo que está pasando ahora. También responde a lo que alguna vez vivimos: A cómo fueron recibidas nuestras emociones. A si alguien pudo sostener nuestro llanto. A si hubo brazos cuando nos sentíamos desbordadas. O si, por el contrario, aprendimos que llorar molestaba, que enojarnos era inaceptable, que sentir demasiado era un problema.
Por eso, en muchos momentos de conflicto, nuestras reacciones no vienen solo de la madre que somos hoy. Vienen también de la niña que alguna vez tuvo que adaptarse, reprimirse o sobrevivir emocionalmente.
Y es ahí, cuando en la habitación pueden haber dos niñas/os: una pidiendo contención y otra intentando sostener cuando también duele.
Y claro está, una niña no puede maternar.
Nuestros hijos nos dan un regalo, ser nuestro espejo, para mostrarnos aquello que duele y que necesita ser mirado.
Permitirnos mirar a nuestra niña interior con compasión, es un portal para comprender nuestras reacciones, reparar nuestras heridas y empezar acompañar de manera distinta a nuestros hijos.
Pienso que uno de los movimientos más poderosos en mi maternidad es que en la misma habitación donde antes había dos niñas desbordadas, comenzó a nacer una mujer adulta. Una mujer que, con paciencia, presencia y ternura, aprende a sostener a ambas:
A mi hija. Y a la niña que alguna vez fui.

