“Una madre no debería reaccionar así”, repite una y otra vez esa voz dura, castigadora y exigente.
Como un dragón que despierta dentro de una cueva oscura, enfurecido por el ruido de la culpa, el agotamiento y todo aquello que ella siente que hizo mal.
Lo estás haciendo mal”, susurra primero. Después grita. Y lanza fuego sobre cada error, cada desborde y cada momento en el que ella no logra ser esa madre paciente y amorosa que creyó que debía ser.
Entonces se hace pequeñita, se avergüenza, se siente insuficiente.
Pero de repente lo comprende, lo ve con claridad.
¡Ego, eres tú!
Y en medio de la oscuridad de esa cueva le pregunta:
— ¿Qué haces aquí? —
— Defendiendo —responde con firmeza.
— ¿Qué intentas defender?
De pronto, su voz cambia, ya no grita tan fuerte.
— Que no se repita el dolor.
Es el ego construyendo armaduras, levantando murallas y escupiendo fuego para evitar volver a sentirse insuficiente, rechazada o sola. Para impedir que la historia se repita en ella o en su hija.
Ella lo mira con amor y compasión, pues ha entendido que detrás de toda esa dureza, en realidad, hay muchísimo miedo.
— Gracias por intentar protegerme, — le dice —, pero ahora yo me hago cargo.
Y es que en este camino de la maternidad, ella está aprendiendo a tenerse compasión en los días difíciles, a no rechazarse en medio del error, a abrazarse incluso cuando se desborda. A decirle a la niña que fue que ya no tiene que ganarse amor siendo perfecta.

